Por César Rodríguez
El talento, parece, siempre ha tenido que pagar la renta con otro oficio.
Ayer hablé por WhatsApp con mi amigo Adriano. Recuerden su nombre: Adriano Matos. Como tantos dominicanos desperdigados por el mapa, terminamos usando esa aplicación para burlar las distancias y el precio de las llamadas. Él vive en Las Vegas. Yo, en Carolina del Norte. Cuatro husos horarios de distancia y más de cuarenta años de amistad.
Hacía tiempo que no nos poníamos al día.
En algún momento de la conversación le pregunté si seguía escribiendo canciones.
Se rió, como si la pregunta fuera un sinsentido.
—Claro, caballo.
La respuesta era inevitable. Adriano escribe canciones desde antes de que ambos supiéramos qué haríamos con nuestras vidas.
Lo conocí hace más de cuarenta años, cuando hablábamos francés en la Alianza Francesa de Santo Domingo. Cuando éramos dos muchachos convencidos de que el mundo era un idioma más por aprender. Desde entonces él nunca ha dejado de crear. Nunca. No porque el mercado se lo pidiera. No porque hubiera una disquera esperando. No porque alguien le prometiera un escenario. Lo hace porque hay personas para quienes crear no es una profesión, sino una condición de existencia.
Tiene cuadernos y cuadernos llenos de canciones. Más de quinientas, calcula él. Ayer me envió tres.
Desde entonces no he dejado de escucharlas.
Hay melodías que parecen haber estado siempre ahí, esperando que alguien las descubriera. Charming Love —que también tiene una versión en español, Mi luz, mi sol— posee esa rara cualidad. Después llegaron Tirano, La espinita, Mejor solo, No quiero seguir jugando. Baladas, son, bachatas, salsa, merengue. Obras que sorprenden por su factura, por su oficio, por esa manera suya de decir lo que todos sentimos y pocos saben nombrar.
Pero lo que más me sorprende no es la calidad. Es el silencio. Es que el público aún no haya podido disfrutarlas.
Y entonces pensé en algo que olvidamos con demasiada facilidad.
La historia del arte está llena de genios que sobrevivieron haciendo otra cosa.
Julio Cortázar empaquetó libros en una oficina antes de convertirse en Julio Cortázar. Antón Chéjov atendía pacientes. Tite Curet Alonso, el gran compositor puertorriqueño —casualmente amigo de Adriano— repartía cartas como cartero antes de escribir algunas de las canciones más extraordinarias de la música latina. Agatha Christie fue enfermera. George Orwell sirvió como policía colonial. José Saramago trabajó de cerrajero mecánico. Philip Glass condujo un taxi por las calles de Nueva York y ejerció como plomero para poder seguir componiendo.
El talento casi nunca llega acompañado de un departamento de mercadeo.
La historia recuerda a quienes finalmente fueron descubiertos. Pero guarda silencio sobre una multitud igual de talentosa que jamás encontró la circunstancia adecuada, el productor indicado, el editor oportuno, la llamada correcta o simplemente el azar que convierte una obra en fenómeno.
Nos gusta creer que el mérito siempre encuentra su camino.
La realidad es bastante menos romántica.
El reconocimiento depende también de variables profundamente arbitrarias. El lugar donde se nace, los contactos, el dinero, la época, la salud, los accidentes de la vida, incluso los algoritmos que hoy deciden qué vemos y qué permanece invisible.
¿Cuántos Adrianos hay ahora mismo cocinando en Las Vegas, manejando un Uber en Madrid, cuidando enfermos en Nueva York, con quinientas canciones, trescientos cuentos, doce novelas guardadas en cuadernos que nadie ha abierto? La historia de la cultura está llena de descubrimientos tardíos, de genios que el mundo encontró de casualidad o demasiado tarde. Celebramos a Kafka porque un amigo desobedeció la orden de quemar sus manuscritos. ¿Y los que no tuvieron un Max Brod?
Por eso existen artistas extraordinarios que pasan décadas creando lejos de los reflectores.
Como Adriano.
Mientras muchos persiguen desesperadamente la fama, él sigue escribiendo canciones. Durante el día trabaja como chef en Las Vegas. Y no cualquier chef. De esos que cocinan con el mismo cuidado con que otros escriben una melodía. Cuando termina su jornada vuelve a hacer lo que lleva haciendo toda la vida: sentarse frente a una hoja en blanco y escuchar qué canción todavía no existe.
Eso, para mí, tiene algo profundamente hermoso.
Porque crear cuando nadie mira exige una fe mucho mayor que crear cuando el aplauso está garantizado.
El deseo de crear no necesita permiso ni público. Adriano lleva cuarenta años demostrándolo: escribe porque no puede dejar de escribir. Esa es la definición más pura del artista. Pero el público sí necesita a sus artistas, aunque no sepa que existen. Cada canción que se queda en un cuaderno es una emoción que alguien, en algún lugar, no llegó a sentir.
Por eso escribo estas líneas. No como favor a un amigo, los amigos no necesitan favores, necesitan testigos; sino como acto de justicia anticipada. Porque estoy convencido de que esas canciones encontrarán su camino, como lo encontraron las cartas de Tite, los formularios de Kafka, los taxis de Glass.
Recuerden el nombre: Adriano Matos. Un chef en Las Vegas. Un compositor dominicano con un repertorio sólido que el mundo todavía no conoce.
Todavía.
(El autor es director de cine y publicista dominicano residente en Carolina del Norte, EEUU).








