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Portada Opiniones

15,000 becas: 15,000 vidas que pueden cambiar

Redacción por Redacción
14 de julio de 2026
en Opiniones
Tiempo de lectura: 3 minutos de lectura
Nicolás Maduro desinstaló WhatsApp: ¿Por qué no hacemos lo mismo?
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Por Juan Matos

Hay decisiones de política pública que se miden en millones de pesos y hay otras que se miden en vidas transformadas. La disposición del presidente Luis Abinader de ampliar de 9,000 a 15,000 las becas para cursos en el Instituto Tecnológico de Las Américas (ITLA) pertenece a esa segunda categoría, y con esto no pretendo minimizar las cifras, que son contundentes: se trata de una apuesta que supera los 99 millones de pesos para que 15,000 dominicanos accedan a formación tecnológica especializada, esto no es algo menor.

El ITLA declaró que esta convocatoria de becas registró un volumen de solicitudes tan extraordinario, de todo el territorio nacional, que la respuesta no fue cerrar la puerta, sino agrandarla. Ese detalle dice mucho de nuestro país: el talento dominicano está levantando la mano; lo que históricamente ha faltado no es capacidad ni deseo de superación, sino acceso.

El contexto global le da aún más peso a esta decisión. El mundo enfrenta un déficit de millones de profesionales en áreas tecnológicas, y los países que lideran la transformación digital son los que decidieron invertir agresivamente en su capital humano. La República Dominicana está dando señales de haberlo entendido: la verdadera riqueza de una nación no está en lo que produce, sino en lo que su gente es capaz de aprender.

¿Y qué representa, en concreto, una de estas becas para el dominicano? Pensemos en el joven que recién sale del bachillerato y aún no puede costear una carrera universitaria, pero que con un diplomado en desarrollo de software puede conseguir su primer empleo formal. La madre que interrumpió sus estudios y encuentra en la modalidad virtual la única vía compatible con su realidad. El emprendedor del interior del país que necesita marketing digital para que su negocio compita más allá de su municipio. El empleado con años de experiencia sabe que, sin competencias en inteligencia artificial o ciencias de datos, su puesto de mañana no se parecerá al de hoy. Para cada uno de ellos, la beca no es un curso: es un puente entre la vida que tienen y la que pueden construir.

Es precisamente en el acceso donde el ITLA ha edificado su mayor fortaleza. Con programas de formación en modalidades presencial, semipresencial y virtual, y una red de recintos y extensiones que alcanza comunidades como Nagua, Moca, San Francisco de Macorís, Pedernales o Bonao, la institución ha demostrado que la formación tecnológica de calidad no tiene que ser un privilegio de la capital. Que un dominicano pueda formarse en ciencia de datos sin abandonar su provincia no es un simple detalle logístico: es igualdad de oportunidades.

Debo confesar de entrada que escribo con un sesgo: soy egresado del ITLA. Fui uno de esos jóvenes que tocó sus puertas con más sueños que recursos económicos, y sé de primera mano que la educación es ese motor capaz de abrir todas las puertas, incluso en circunstancias adversas. Por eso no veo simplemente una estadística: veo 15,000 historias a punto de cambiar.

Este momento no es casualidad. Desde el inicio de la gestión del rector Jimmy Rosario Bernard, el ITLA ha fortalecido su estrategia de formación y expansión como herramienta de empleabilidad e innovación. Esa visión la ejecuta, con seriedad y compromiso, alguien que también es egresado del ITLA: nadie entiende mejor el poder transformador de una institución que quien fue transformado por ella. Esa es la confianza que hoy impulsa a esta casa de estudios a seguir creciendo e impactando vidas.

A quienes dudan si aplicar antes del cierre de la convocatoria este 17 de julio, les digo lo que le diría a aquel muchacho que fui: la oportunidad ya existe (continua.itla.edu.do); el paso que falta es tuyo.

Juan Matos, es informático, abogado y académico, especializado en ciberseguridad.

juanmatos@gmail.com

(El autor es Informático, abogado y académico, especializado en Ciberseguridad).

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Mi carro Frankenstein Por Edwin DeLaCruz Hay experiencias que, aunque en su momento duelen, terminan convirtiéndose en las mejores lecciones de vida. La mía tuvo como protagonista un automóvil al que, con una mezcla de humor y resignación, bauticé como **mi carro Frankenstein**. Lo llamaba así porque parecía ensamblado con piezas de diferentes vehículos. No era precisamente un automóvil que despertara admiración. Sin embargo, llegó a mis manos en el momento en que más lo necesitaba. Después de la ruptura de mi primer matrimonio perdí mucho más que una relación. También perdí estabilidad económica, el vehículo que utilizaba para trabajar como vendedor y, poco tiempo después, el empleo. De un día para otro tuve que comenzar prácticamente desde cero. Fue entonces cuando mi hermano mayor me ofreció un automóvil viejo que tenía en Santiago. Lo acepté sin pensarlo. No era el carro de mis sueños, pero sí el que me permitiría salir nuevamente a buscar oportunidades. Con ese vehículo recorrí calles, asistí a entrevistas de trabajo y visité empresas con la esperanza de encontrar una nueva oportunidad. Nunca olvidaré una de esas entrevistas. Todo marchaba bien hasta que el entrevistador me preguntó qué vehículo conducía. Al responder con sinceridad, su actitud cambió por completo. Sin preguntar por mi historia ni interesarse por las circunstancias que me habían llevado hasta allí, decidió que aquel automóvil hablaba más de mí que mi experiencia, mi preparación y mis deseos de trabajar. Salí de aquella oficina con una profunda sensación de frustración. Comprendí que muchas personas juzgan la vida de los demás por lo que ven en un instante, sin detenerse a conocer el camino recorrido para llegar hasta ese momento. Tiempo después, un amigo me hizo otro comentario que también me marcó. Al verme en aquel vehículo, me dijo que no entendía cómo podía soportar andar en un carro así después de haber tenido uno mucho mejor. Tal vez no quiso herirme, pero sus palabras confirmaron que vivimos en una sociedad que suele valorar más las apariencias que las circunstancias. Afortunadamente, decidí no quedarme atrapado en esas opiniones. Continué buscando oportunidades, conseguí empleo, volví a ahorrar y, con el paso del tiempo, pude cambiar aquel viejo automóvil por otros en mejores condiciones. Hoy, cuando recuerdo mi carro Frankenstein, ya no siento vergüenza. Siento gratitud. Aquel vehículo, que muchos habrían despreciado, fue el puente que me permitió reconstruir mi vida. Me enseñó que ninguna crisis es permanente y que el verdadero valor de una persona no puede medirse por el automóvil que conduce, la ropa que viste o los bienes que posee. Desde entonces procuro no juzgar a nadie por las apariencias. Detrás de cada rostro, de cada vehículo y de cada realidad hay una historia que desconocemos. Hay batallas silenciosas, pérdidas que no se cuentan y esfuerzos que no siempre son visibles. Todos podemos atravesar momentos difíciles. Lo importante no es el lugar desde donde comenzamos de nuevo, sino la determinación de seguir avanzando. Mi carro Frankenstein nunca fue un símbolo de derrota. Fue el recordatorio de que, aun cuando la vida parece desarmarse en mil pedazos, siempre existe la posibilidad de reconstruirla y volver a ponerse en marcha. edwindelacruzr@gmail.com (El autor es periodista y abogado residente en Santo Domingo).

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