Por Jesús Dávila/Especial Inter News Service
San Juan, 13 jul (INS).- Si bien el principal frente de la guerra se sigue desarrollando en torno al estrecho de Ormuz y en América la atención se centra en el asedio contra Cuba, la pequeña colonia Puerto Rico tiene algunas claves para entender el proceso histórico desde el auge hasta el presente deterioro de la agenda imperial de Estados Unidos.
Se destacan el plan del siglo XVIII para usar a Puerto Rico de base de lanzamiento del imperio, la propuesta de 1922 para una relación «indestructible» con un «Estado Libre Asociado», el «Gibraltar del Caribe» en la II Guerra Mundial y el presente incierto.
De momento, sin embargo, las noticias de la guerra en el medio oriente y los miedos de EEUU, dejan al margen el tema de Puerto Rico y su relación con la historia imperial.
Fue en 1799 cuando apareció un artículo del periodista John Ward Fenno –tenido entonces como portavoz de Alexander Hamilton– con la propuesta de que la recién nacida república de Norteamérica se uniera a «la causa cristiana» en el lanzamiento de un imperio comercial mundial. La idea era una alianza militar con Inglaterra, potencia de la cual esperaba que le garantizara a EEUU obtener a Puerto Rico como base para catapultarlo porque era «lo que sería más conveniente».
Aquella condición «conveniente» comenzó a tomar forma histórica real un siglo después, cuando EEUU obtuvo Puerto Rico como parte de los botines de la guerra contra España de 1898. La nueva colonia sirvió de base para el lanzamiento, por parte de los hermanos Sóstenes y Hernán Behn, de la primera empresa transnacional estadounidense –de la entonces nueva tecnología telefónica– que llegó a poner en apuros al Congreso al negarse a rendir informes detallados de sus actividades.
La segunda clave se produjo en 1922. La guerra de independencia de Irlanda ante Inglaterra había desembocado un par de años antes en negociaciones que condujeron a la implantación de una condición política autónoma denominada «Irish Free State», que entró en vigor a finales de 1922. Meses antes, en Washington, el congresista nacido en Canadá Philip Campbell, presentó el proyecto de ley para convertir al pueblo de «Porto Rico» en un «associated free state» (estado libre asociado), como token de «nuestra relación permanente e indestructible».
El proyecto no fue aprobado por el Congreso, pero capturó la esperanza de la elite política de Puerto Rico, que dejó de lado el reclamo de independencia y se dedicó a buscar aquella alternativa bajo el dominio de EEUU. Todavía en 1928, la elite política de Puerto Rico pedía a Washington que el país fuera tratado como un «free state», lo que fue rechazado por la Casa Blanca con el argumento de que Puerto Rico tenía más autonomía económica y libertades que los estados de la Unión, según datos compilados por la agencia NCM Noticias.
A finales de la década de los años treinta, cuando ya EEUU se preparaba para la Segunda Guerra Mundial, comenzó el proceso para convertir a Puerto Rico en el Gibraltar del Caribe, y, para ello, se obtuvo la cooperación de la elite del nuevo Partido Popular Democrático (PPD).
Ese liderato asumió el compromiso de dejar fuera todo reclamo de reformas de gobierno propio y concentrarse en reformas sociales y económicas, además de apoyar todos los esfuerzos para militarizar a Puerto Rico como una gigantesca base para las fuerzas terrestres, aéreas y navales de EEUU.
La historiadora militar Josefa Santiago Caraballo ha publicado, en este año 2026, el libro «Guerra y reformas en tiempos de la Segunda Guerra Mundial», en el que se documenta, con lujo de detalles, cómo con la cooperación de esa elite política criolla, Puerto Rico se llenó de bases militares.
El libro da muchos detalles del proceso para el establecimiento de instalaciones de grandes dimensiones, como la base aérea de Ramey Field en Aguadilla, el Décimo Distrito Naval en Isla Grande, las bases en torno al puerto de San Juan, la estación naval de Roosevelt Roads en Ceiba –para barcos y submarinos– que llegó a tener en su perímetro las islas de Culebra y Vieques, la base de comunicaciones y radares de Sabana Seca y la base del fuerte Allen en Juana Díaz cerca de Ponce, entre otras.
Con una gran erudición, Santiago Caraballo demuestra cómo la elite política de Puerto Rico ayudó a movilizar decenas de miles de soldados, proveyó suministros para las bases y ayudó en la construcción de las instalaciones. Pero, sobre todo, la historiadora incluyó muchos documentos sobre cómo ese liderato político mantuvo el orden y el respaldo del pueblo a la conversión del país en una gran base militar para la defensa de «la democracia», mediante reformas económicas y sociales, a la vez que combatía cualquier intento de obtener cambios a la condición política.El libro documenta también la ventaja que esa elite política obtuvo del encarcelamiento y persecución del Partido Nacionalista de Puerto Rico, cómo se opuso a los varios intentos en el Congreso de EEUU para otorgarle a Puerto Rico la independencia y la forma en que ayudó a la marginación y, de nuevo, la persecución de los independentistas puertorriqueños. Ya al final de ese proceso, el PPD estuvo dispuesto a respaldar un eventual plebiscito entre independencia, estadidad (anexión) o libre asociación, siempre y cuando se mantuviese a perpetuidad el enjambre de bases militares de EEUU.
Todo eso pasó a la historia y eventualmente fueron cerradas las principales instalaciones militares, algunas de las cuales fueron atacadas por fuerzas armadas clandestinas de Puerto Rico o por alzamientos pacíficos del pueblo. La reciente reapertura parcial de algunas de esas bases para la guerra actual dista mucho del nivel que llegó a tener el Gibraltar del Caribe.
Hoy, Puerto Rico es regido por una junta de control impuesta por Washington y un alzamiento popular en 2019 culminó en el derrocamiento del gobernador anexionista Ricardo Rosselló Nevares. En los comicios de 2024, Juan Dalmau, del Partido Independentista Puertorriqueño, llegó segundo al frente de una coalición informal.INS
jd/ndc









