El mundo en que vivimos hoy, repleto de medios informativos a los que cada uno de nosotros puede acceder desde su celular para «postear» lo que se le ocurra, está más conectado que hace apenas unos años, cuando la información nos llegaba solo por los periódicos, la radio o la televisión.
Hoy tenemos el privilegio de participar para que nuestra voz se escuche e, incluso, de crear nuestro propio «show» o medio de comunicación. Sin embargo, pocos asumen un papel de denuncia y la mayoría prefiere la ruta del entretenimiento o el chisme, porque «paga más».
La vida de los otros y sus dramas particulares venden más que denunciar atropellos o necesidades que ocurren en el área donde se vive, y mucho menos en la periferia del planeta.
Las guerras, masacres, abusos y demás crímenes corporativos, entre otros, son asuntos «lejanos» o que «uno no puede remediar», como para estar pendiente de «esas pendejadas».
No saben que el mundo es una cadena de hábitos unida por eslabones que terminan tocando el último aro, donde estamos usted, yo y todos los demás.
Acostumbrarnos a mirar hacia otro lado ante la destrucción de ciudades, por solo decir un ejemplo, hará que no nos cause ningún efecto el día en que las bombas caigan en la casa del vecino.
Solemos «mirar» cuando el daño lo sentimos en la piel. Ahí es cuando comenzamos a «involucrarnos». Gritamos por todos lados las injusticias que se han cometido contra nosotros, pero, lamentablemente, el mundo seguirá indiferente ante nuestra tragedia.
No vamos a ganar dinero por asumir un papel de lucha, y quizás esa sea la causa por la que la mayoría no se involucra. Si defender los atropellos pagara, todos estaríamos haciendo programas de solidaridad.
La gente se ha desensibilizado porque lo que paga es lo que le ocurre al otro y, mientras más grande es el escándalo, más atención se gana.
A los famosos que se han involucrado haciendo denuncias públicas se les ha «cualquierizado» e incluso han perdido dinero por la maquinaria implacable de quienes imponen sus intereses.
Jesús, quizás, sea el ejemplo más conocido de esto. Intentó mostrarnos un mundo mejor, donde el amor se impusiera a los deseos materiales, pero su involucramiento fue demasiado peligroso para el sistema.
Un mundo que está cada vez más ajeno al amor y a la disposición de decir «algo» que nos ayude a ser mejores. ¡Salud!. Mínimo Involunero.
massmaximo@hotmail.com
(El autor es artista plástico dominicano residente en West Palm Beach, EEUU).






