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Elecciones presidenciales 2026 en Colombia

Choque de traumas históricos entre la elite terrateniente y el reclamo de los nadies

Redacción por Redacción
14 de marzo de 2026
en Opiniones
Tiempo de lectura: 7 minutos de lectura
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Por Claudio Álvarez Dunn

Bogotá, 11 de marzo de 2026.- Hace más de 100 años el líder indígena colombiano Manuel Quintín Lame fue encarcelado y encadenado por años, acusado de organizar a las comunidades indígenas del Cauca para recuperar sus territorios.

Hace más de 100 años el poeta y político conservador Guillermo León Valencia, uno de los representantes más poderosos de la elite aristocrática de Colombia, veía el levantamiento indígena como una amenaza al orden social de los terratenientes por lo que intentaba restaurar la pena de muerte en el Congreso.

Hoy la historia parece repetirse porque Guillermo Valencia es el bisabuelo de Paloma Valencia, la política colombiana que ha sido proclamada candidata única a la presidencia de Colombia por el derechista partido Centro Democrático, que comanda el expresidente Álvaro Uribe Vélez.

Paloma Valencia es nieta de Guillermo León Valencia, presidente de Colombia entre los años 1962 a 1966 y bisnieta del excandidato presidencial de 1930 por el Partido Conservador, el poeta Guillermo Valencia. Además, por vía materna, es nieta de Mario Laserna Pinzón, filósofo, catedrático y fundador de la Universidad de los Andes, una de las más elitistas de este país.

Paloma ha ejercido como senadora de Colombia de manera ininterrumpida desde 2014 hasta la fecha y el pasado 8 de marzo ganó la consulta interpartidista denominada «La Gran Consulta por Colombia», por lo que competirá en las próximas elecciones presidenciales de 2026.
En el otro rincón del cuadrilátero político colombiano, Iván Cepeda, candidato presidencial por el gobernante Pacto Histórico, acaba de anunciar que como vicepresidenta su compañera de papeleta será la lideresa indígena Aída Quilcué, nieta de Manuel Quintín Lame. Las elecciones presidenciales de Colombia se realizarán el próximo 31 de mayo para elegir al ejecutivo del período 2026-2030.

Como un capricho de la historia, se vuelven a enfrentar los terratenientes de Colombia con los que luchan en defensa de los pueblos indígenas y aquellos que no tienen voz desde los estratos más bajos de la sociedad, apodados “los nadies”, por aquella expresión de Eduardo Galeano que remite a quienes los políticos no toman en cuenta, como si no existieran.

“Nosotros los indios somos la riqueza de la Nación, y la vida de las ciudades y pueblos” recitaba Manuel Quintín Lame a quien su pueblo define como el indio que se educó en las selvas y orientó al pueblo Nasa. Los postulados políticos de Lame fueron: 1. Defensa de las parcialidades y oposición militante a las leyes de división y repartición de las mismas; 2. Consolidación del Cabildo indígena como centro de autoridad y base de su organización; 3. Recuperación de las tierras perdidas a manos de los terratenientes, y desconocimiento de todos los títulos que no den base en cédulas reales; 4. Liberación de los terrazgueros, mediante la negación a pagar terraje, o cualquier otro tributo personal; y 5. Afirmación de los valores culturales indígenas y rechazo a la discriminación racial y cultural a que son sometidos los indios colombianos”.

En 1914 Manuel Quintín Lame planeó un levantamiento en Cauca, Huila, Tolima y Valle para constituir una República de indígenas, pero fue arrestado. Las detenciones siguieron pero el movimiento creció hasta crear una verdadera guerra racial. Estuvo preso más de 100 veces; en 1915 estuvo encadenado e incomunicado por un año y en 1917 la pena aumentó a cuatro años. Esa fue una de las estrategias del gobierno para aislarlo de la base indígena y reducir su influencia. Por sus conocimientos de derecho, Lame asumió su propia defensa durante las muchas veces que debió enfrentarse a la justicia hasta lograr su libertad.

Por eso la fórmula presidencial actual con Aída Quilcué como vicepresidenta, una mujer indígena que ha sobrevivido a amenazas, violencia y estigmatización, no es un simple cálculo político, es una respuesta de la historia.

La creadora digital Marcela Portilla afirma que esta próxima elección en Colombia representa exactamente lo que la burguesía local intentó impedir durante un siglo: que los pueblos indígenas no solo resistieran, sino que también gobernaran.

“Esta discusión no es solo electoral -escribió Portilla-, es histórica. Es el contraste entre dos visiones de país: la Colombia de las élites que durante décadas persiguieron a quienes reclamaban justicia, y la Colombia de los pueblos que, a pesar de todo, no dejaron de luchar”.

“La historia tiene esas ironías. A veces tarda décadas. Pero siempre termina regresando. Y cuando regresa, lo hace recordándonos algo muy simple: que lo que antes fue perseguido… algún día puede convertirse en poder político, los Nasa como Quintín Lame y como Aída Quilcué merecen esto y más: justicia frente a la familia paterna de Paloma Valencia”.
La etnia Nasa corresponde a uno de los pueblos indígenas más numerosos de Colombia, concentrado mayoritariamente en el departamento del Cauca, ubicado al suroccidente del país entre las regiones andina y pacífica. Se autoidentifican como «hijos del agua, la tierra y el sol», destacándose por su lucha por la recuperación de tierras y una sólida organización social basada en cabildos y la guardia indígena.

Colombia en el Diván

Por su parte, Isabel Borrero Ramírez, psicóloga clínica especialista en comunicación no verbal sostiene en su escrito “Genealogía de un trauma caucano”, que en Colombia las elecciones no siempre deciden el futuro. “Con una frecuencia inquietante, simplemente reeditan el pasado… A veces funcionan más bien como una reedición periódica de conflictos que la historia nunca terminó de resolver. Da la impresión de que cada ciclo electoral no inaugura una historia nueva, sino que abre otra temporada del mismo conflicto histórico, con distintos protagonistas, mejor iluminación mediática y encuestas más sofisticadas”.

En lo que llama “La neurosis histórica de Colombia”, Borrero afirma que si miramos el escenario político actual, con Paloma Valencia representando la continuidad del orden conservador y Aída Quilcué encarnando el ascenso político del movimiento indígena, no estamos ante una disputa nueva.

“Estamos viendo el retorno de un conflicto antiguo. Un país donde la historia no pasa, se recicla. Para entenderlo, conviene sentar a los abuelos en el diván y ver el origen del conflicto. A comienzos del siglo XX, el Cauca fue escenario de un choque de cosmovisiones digno de cualquier manual de psicología del poder. En una esquina estaba Guillermo Valencia, bisabuelo de Paloma: poeta refinado, intelectual prestigioso, candidato presidencial y símbolo de la aristocracia terrateniente de Popayán. Valencia encarnaba lo que podríamos llamar el superyó del Estado oligárquico: civilización, orden, moral pública y, naturalmente, hegemonía sobre la tierra.
Esta figura reunía tres capitales (prestigio cultural, educación y legitimidad social) que garantizaban una dominación eficaz: tierra, cultura y legitimidad. En el lenguaje elegante de la época aquello se llamaba civilización. En el lenguaje menos diplomático de la sociología, era una arquitectura muy sofisticada para asegurar que el poder siguiera viviendo en la misma casa generación tras generación”.
La psicóloga agrega que “en la otra esquina estaba Manuel Quintín Lame, líder indígena nasa y referente espiritual de las luchas que hoy continúan figuras como Aída Quilcué. Aunque no existe evidencia de un parentesco biológico directo entre Lame y Quilcué, dentro de la cosmovisión política y cultural del movimiento indígena del Cauca, Quintín Lame es considerado un abuelo histórico y espiritual de las luchas contemporáneas.

Su pensamiento y su resistencia sentaron las bases de las organizaciones indígenas que décadas después darían origen a procesos como el CRIC (Consejo Regional Indígena del Cauca), del cual emergen liderazgos como el de Quilcué. En ese sentido, su presencia en la política nacional no aparece de la nada. Es la prolongación histórica de una conciencia política que comenzó a articularse en las montañas del Cauca hace más de un siglo”.

El terraje: psicología de la dominación

Si Valencia representaba la legitimidad del poder heredado, Lame representaba algo mucho más incómodo para el sistema: la conciencia política de los subordinados, sostiene Borrero.

“La élite caucana mantenía entonces el sistema del terraje, una figura casi feudal en la que comunidades indígenas debían trabajar gratuitamente en haciendas para poder habitar parcelas de tierra que, irónicamente, habían sido suyas antes de la expansión de esas mismas haciendas.

Desde la psicología social, el terraje no era solo un modelo económico. Era un dispositivo de violencia estructural. Una máquina para producir indefensión aprendida. Una pedagogía cotidiana de la subordinación.
Cuando la supervivencia depende del capricho del hacendado, la dominación deja de parecer injusta y comienza a parecer simplemente el orden natural de las cosas. Un sistema extraordinariamente eficiente: explotación económica administrada como si fuera tradición cultural”.

Quintín Lame: la herejía cognitiva

En ese marco, Quintín Lame fue el paciente que decidió interrumpir el tratamiento. Borrero sostiene que “su rebeldía fue profundamente cognitiva. Aprendió a leer de forma autodidacta. Estudió las leyes de la República y utilizó los propios códigos jurídicos del Estado para demostrar algo profundamente incómodo para el orden establecido: los indígenas no eran ocupantes tolerados en su tierra; eran sus dueños históricos.”
Aquello fue una herejía política y también psicológica. Porque Lame desmontó el mito más útil de cualquier sistema de dominación: la supuesta inferioridad de quienes están abajo. “Ese fue el verdadero escándalo. No que reclamaran sus tierras. Sino que pensaran por sí mismos”, afirma la psicóloga.

Agrega que como lo documentó con rigor el sociólogo colombiano Orlando Fals Borda, las luchas campesinas e indígenas por la tierra no eran simples estallidos de desorden rural, como sugerían ciertos relatos oficiales, sino uno de los primeros movimientos organizados en Colombia en defensa de la dignidad humana y la democratización de la tierra. Dicho de otro modo, lo que durante décadas fue narrado como desorden social era en realidad historia social en movimiento.

El presente: el retorno del conflicto

Isabel Borrero Ramírez plantea que lo que vemos hoy en la política colombiana no es solo una competencia electoral; es la reactivación simbólica de ese trauma histórico. “Elegir a Quilcué no solo amplía una coalición social. Reconfigura el mapa simbólico del poder. Más que una fórmula electoral, la dupla podría interpretarse como un gesto político cargado de memoria histórica: la entrada al centro del poder de actores que durante siglos fueron mantenidos deliberadamente en su periferia”.

Sostiene que en ese choque de narrativas “cuando Paloma Valencia habla de institucionalidad, Aída Quilcué escucha la memoria de estructuras históricas de exclusión. Cuando Quilcué habla de territorio, memoria y resistencia, Valencia escucha una amenaza al orden jurídico. No es simplemente una diferencia política. Es un choque de memorias históricas”.

La psicóloga advierte que “tal vez por eso las elecciones en Colombia producen una sensación extraña para quien observe la historia con cierta distancia clínica. No parecen funcionar como un mecanismo para cerrar conflictos. Más bien operan como una especie de sesión periódica donde el país vuelve a discutir las mismas preguntas que lleva más de un siglo evitando responder”.

claudio.alvarez.dunn@gmail.com

(El autor es un periodista residente en Colombia)

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