Perdidas quedan aquellas voces que solían llamarme y hablar. Se han extraviado en el vasto océano del mundo. Unas, para siempre; otras, retornarán más leves y cansadas de tantos andares.
Las pérdidas, suelo evocarlas por momentos. Son aquellos amigos que perdieron los momentos que la vida suele arrancar de imprevisto.
Algunas, las que mejor suerte tuvieron, las conservo en grabaciones o videos y, entre mi silencio mínimo, cuando logro espantar los fantasmas del día, las escucho entre la oscuridad que me abriga, y suelen brotar algunas lágrimas cargadas de nostalgia.
Entre risas y penas volvemos a andar juntos, aunque ya no sienta el abrazo o el beso acostumbrado que sellaba la fraternidad entrañable y más deseada desde mi sola soledad.
Esas voces que logré salvar del silencio al tener la presunción de guardar los mensajes dejados a mi celular. Son la prueba consciente de que «este sueño» suele ser constante y real, aunque desaparezcamos uno a uno detrás de una cortina que suele caer y no levantarse.
Son las voces que me animan a seguir hacia adelante, aun sabiendo que «adelante» está el abismo, pero continuo discreto, como si supiera que en el fondo hay voces conocidas que me esperan.
La voz de Nicolas Mesa, gruesa y discreta; la desvencijada de Jorge Vallejo; la sutil de Anita Báez; la estridente de don Luis Lavera; la ronca y varonil de Raymundo Polanco; la poeta voz de Efraín Raymundo, la dé Miguel Hernández, el último en partir. La de mi madre, ansiosa y preocupada siempre, o la de mi padre, quisquillosa y bailarina.
Voces que ya no sostendrán una conversación ni me responderán si las llamo con ese amor sentido y sincero. Son mensajes cortos o medios avisando que me llamaron, pero los hago presentes e imagino que aún están. Un aire de amor que suelo darme. Una mentira, un aliento, una nostalgia, una esperanza.
Solo basta cerrar los ojos y soñar en momentos ya pasados, compartidos de voces queridas que estuvieron en mi tiempo, un tiempo que se detiene y camina en una constante estela de voces claras y difusas.
Solemos guardar imágenes de todos los que participaron de nuestras vidas, pero rara vez guardamos su voz.
Más que el objeto inanimado de la foto, la voz «transmite» y dibuja.
El alma y la presencia misma de lo que representamos, no solo físicamente, sino espiritualmente. La voz es el alma misma, el cuerpo es el disfraz…
Un disfraz que se irá transformando en muchos disfraces que terminarán escondiéndose de todos, mas la voz se irá apagando, pero siempre será la misma. Siempre mantendrá «el toque» que la desnude y descubra ante la distracción del cuerpo.
Las voces perdidas, las que no logré guardar, aún resuenan en mis oídos; se escapan escurriéndose entre mis pensamientos. Las que logré atrapar aún siguen empapándome de sentimientos instantáneos y bestiales, haciéndome guiños en el corazón que late contento ante esas voces queridas. ¡Salud! Mínimo vocero.
massmaximo@hotmail.com
(El autor es artista plástico dominicano residente en West Palm Beach, EEUU).








