La llegada de tu muerte me alcanzó junto a otras cascadas de malas noticias. Dos amigos más al borde de la ausencia. Sin embargo, la tuya quedó confirmada al llamar a tu teléfono y encontrar solo el silencio al otro lado.
No puedo acostumbrarme a tantas despedidas, cada vez más constantes y «cercanas». La muerte ronda mi casa, se acerca cada día más a mi aire y me va ahogando en una soledad solo alcanzada en el desierto.
Recuerdo, Miguel, aquella tarde en que te conocí en 1995. Estábamos a punto de abordar un vuelo a Cuba, y tú ibas acompañado de tu entrañable amigo Ramón Ernesto.
El destino nos cruzó entre tanta gente y provocó que entabláramos un diálogo inicial, que luego se hizo compañía al tocarnos asientos continuos en el avión y alojarnos en el mismo hotel en La Habana.
Anduvimos juntos toda la semana y, al regresar, ya éramos amigos para siempre; es decir, hasta que la muerte nos separara, por lo menos temporalmente, porque los seres eternos nos reencontramos en otras galaxias y en otros sueños.
Podría decir que aprendí de ti a creer en seres buenos y especiales. Esos que, a pesar de venir de «una clase» privilegiada, conservan intacta toda su humanidad y un calor real y auténtico.
Quisiste que estuviera cerca de ti, a pesar de vivir en países distintos, y me hiciste comprar una tierra en San Cristóbal, donde hiciste tu paraíso y lugar de descanso, el mismo que te despidió en el último trayecto que te tocó hacer sin tú mismo saberlo.
De mí, quizás reconociste la certeza del desapego y de «tomar» las decisiones que realmente deseamos, aun por encima de «esa sociedad» que «nos juzga» y que, al final, nunca vivirá nuestra vida.
Te di fuerzas para cumplir con tu destino en esos momentos en los que uno se siente acosado y confundido ante la presión social, esa que igual comenta aun cuando no tenga argumentos para hacerlo.
Pensé en ti un día antes de tu partida, y ahora lamento no haber hecho «esa llamada». La misma que realicé al saber lo ocurrido, con la esperanza de que no fuera cierto, pero solo escuché el sonido prolongado de un titilar infinito que se transformó en mantra.
Febrero era la fecha de nuestro próximo encuentro. Te empeñaste en promoverme una exposición en el espacio de Ramón Ernesto, a quien llamé para decirle que ahora la muestra adquiría un sentido distinto ante tu ausencia y que la misma será un homenaje a esa amistad sincera que nos brindaste.
Miguel, siempre me cantabas: «Voy, de aquí para allá, de allá para acá», y fíjate, hermano, no tienes idea de la verdad que encierra esa frase. Ahora que estás en el aire, te das cuenta de que somos un alma navegante.
Estás en todas partes e integrado al universo, donde las clases sociales no existen, el amor es para todos y los egos no tienen cabida. Ahora eres tan libre como esa montaña que compramos y a la que ninguno volvió.
La misma que desde lo alto mira todo el valle de Santo Domingo y desde donde vemos lo pequeños que somos ante una creación que intentamos descifrar y cuyo misterio ahora tú comprendes.
Te dedico estas palabras con el mismo amor de siempre y con la certeza de volver a vernos «en algún lado», en algún momento, en el que la ecuación precisa del universo nos haga reencontrarnos como aquella vez, antes de emprender el vuelo. ¡Salud!. Máximo Caminero.
massmaximo@hotmail.com
(El autor es artista plástico dominicano residente en West Palm Beach, EEUU).








