¿Podríamos afirmar que somos seres únicos? ¿Que cada uno de nosotros es independiente y ajeno a los demás?
Hay un sentimiento generalizado en los testimonios de personas que han tenido una experiencia cercana a la muerte, incluido este servidor, de que al morir «sentimos» ser parte de «un todo»…
La consciencia —esta que nos maneja e indica qué, cómo y cuándo, en este momento terrenal— también nos señala, allá, ese sentimiento de «multiplicidad íntegra».
Como si, al morirnos, descubriéramos que somos una sola cosa y no las multitudes individuales que pensábamos. Pero no solo en cuestiones humanas, sino también integrados a todo lo que existe aquí en la Tierra: el agua, la tierra, el aire y todo lo que compone y fructifica de todos ellos.
Algo extraordinariamente impensable para nuestra composición humana, que adolece de ego e instintos que funcionan como protectores ante nuestra supervivencia.
Nada que hacer contra este conocimiento «extraterrenal», ya que son «los equipos» necesarios para navegar en esta dimensión.
No ganaríamos nada si buscáramos integrarnos como si lo estuviéramos en «aquella otra» dimensión, ya que ambas tienen sus propias leyes y, por supuesto, misterios…
Que somos una sola cosa, pero aquí somos muchas, parece ser parte del juego, o de la novela, o quizás de una aventura en la que tenemos «licencia» para hacer y deshacer.
Un divertimento en el que experimentamos todas las locuras, dramas y tragedias inimaginables en aquel otro lugar donde estamos tan unidos que parecemos ser «uno solo»…
Bueno, como ustedes saben, estos latidos míos son parte de «los imposibles» que nunca logramos responder. Son especulaciones de uno más en la hilera de filósofos, pensadores y gente normal que nunca atinamos a romper la tela del misterio de la vida.
Una vida que nunca termina, pero sí se transforma en «cosas» que nuestras limitaciones humanas no pueden imaginar.
¿Que somos infinitos y nunca moriremos? Puedo afirmar, por lo menos al dejar este cuerpo, que seguimos «conscientes», y ya eso es no morir, porque, al fin y al cabo, ¿qué seríamos nosotros sin nuestra consciencia?
¿Qué sería usted, o el otro, o yo, si no pensáramos o razonáramos? Los animales, como las plantas, también gozan de conciencia, en grados distintos y tal vez superiores, pero este discernimiento que nos ocupa es la vida en vivo, y nunca muere.
Se apaga la voz y el disfraz que lo representaba para darle «el papel» en la película, como un eslabón del guion que daría continuidad a otros actores que entrarían en escena.
Al final, la multiplicidad se integra a la matriz y continuamos en otros papeles, que tendrán menos preguntas que las nuestras, hasta que quedemos solos en una unidad donde la soledad nos recuerde que es más divertido en compañía y volvamos a dividirnos en múltiples e infinitas formas… ¡Salud!. Mínimo Multipliciero.
massmaximo@hotmail.com
(El autor es artista plástico dominicano residente en West Palm Beach, EEUU).







