Hay personas que pasan por el mundo con una elegante presencia. Personas tan sofisticadas que podrían encarnar a «ese Dios» omnipresente del que tanto hablamos sin jamás haberlo visto o conversado con él, aunque «presumamos» que lo «sentimos»…
Mi antiguo compañero de la escuela secundaria, Israel Montilla, era una de esas personas que están, pero a la vez «no están». Y no es que fuera tímido o inseguro, sino porque no le interesaba destacar, como nos suele pasar a la mayoría de nosotros.
Estamos tan empeñados en «sobresalir» que apenas damos tiempo a los demás para expresarse. Queremos aupar la audiencia y que solo se escuche nuestra voz, bueno, quizás exagero al generalizar, pero los Virgo, como yo, y los cubanos, sí nos encanta estar en el foco de atención.
Israel fue un tipo callado y sumamente discreto. Pero a pesar de ello, no podía pasar desapercibido, ya que ostentaba una figura sumamente varonil y atlética. Alto, de piel canela, cabellos lacios y de negro profundo y de facciones finas. Parecía un descendiente directo de los taínos, aquellos habitantes que encontró Colón cuando llegó a nuestras islas.
Su espíritu alegre y su aura positiva fueron la causa de que todos fuéramos envejeciendo y transformándonos en momias, mientras él continuaba intacto ante las desavenencias del tiempo; sin embargo, regresó antes que todos.
Se murió tan discreto como era. Nunca le escuché hacer un comentario negativo, nunca le escuché quejarse. Era tan diverso como el agua que se mezcla con casi todo y siempre de forma positiva, transparente, porque cuando se es como Israel, uno no se preocupa de la memoria.
Cuando pensamos que nadie se percata de lo que somos, nos olvidamos de que todos sí lo hacemos para los otros. Y siempre vi a ese joven interactuar con todos con el mismo amor, sin excluir a otros. Mientras la mayoría nos «apandillábamos» en grupitos de tres a cinco, Israel era la balsa que navegaba de isla en isla.
Su voz, tan discreta como su personalidad, nos adornaba los oídos ante «la vocería» dominicana. ¿Cómo puede existir «un espécimen discreto» en una isla donde el chisme y el bochinche son parte del mangú y sus tres golpes?
Se hizo arquitecto, padre amoroso y amante del jazz, al que solía tocar con su guitarra eléctrica. Hoy todos nos sentimos tristes ante la partida a destiempo de Israel, especialmente todos los que compartimos años en el San Juan Bautista de La Salle.
A todos nos ha dejado el vacío de su encantadora discreción, su discreta enseñanza ante nuestros desvaríos. Una luz que nos deja para enseñarnos que se puede vivir sin pretensiones y que, todavía, se vive mejor sin estas.
Gracias, Israel, por regalarnos tu amistad y dejarnos el lenguaje de tu discreta presencia insertado en la consciencia de todos los que te conocimos. Ahora que estás con Dios, en quien tanto creíste, ayúdanos a transmitir todo ese amor que tu presencia brindaba.
massmaximo@hotmail.com
(El autor es artista plástico dominicano residente en West Palm Beach, EEUU).







