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Portada Opiniones

El odio como política de estado de Donald Trump

Redacción por Redacción
8 de febrero de 2026
en Opiniones
Tiempo de lectura: 5 minutos de lectura
El odio como política de estado de Donald Trump
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De los insultos a los Obama al desprecio a Bad Bunny: la gramática del racismo como estrategia electoral de Trump

Por Sandra Rodríguez Cotto

Imagen publicada en la página del presidente Donald Trump en su red social Truth Social que después borró.

Estados Unidos fácilmente podría atacar Irán este fin de semana. Mañana domingo los jets militares no sobrevolarán el espectáculo del Super Bowl precisamente porque los mandaron al Medio Oriente. Pero la gente en los Estados Unidos, en toda América Latina y en el resto del mundo estará atento al espectáculo del medio tiempo encabezado por el puertorriqueño Bad Bunny, el primero que se hace en español. Y mientras el mundo gira y todas esas cosas pasan, el presidente de la nación que se autoproclama «la más poderosa del mundo» saca su lado más racista al sol.

El hombre que ocupa la oficina más poderosa del mundo mantiene silencio sobre su decisión de humillar la dignidad de la primera familia negra en la historia de la Casa Blanca. Para Trump no merecían respeto, sino desprecio.

Al compartir un vídeo en la red social Truth Social que caricaturiza a Barack y Michelle Obama bajo el tropo racista más viejo y sangriento de la nación norteamericana —la comparación con simios—, Donald Trump no solo cometió un «error de redes sociales». Lo que hizo fue invocar un fantasma que muchos creían enterrado, pero que él alimenta con el oxígeno de la impunidad porque se siente en poder.

Hasta esta hora, el silencio de los Obama es ensordecedor; una elegancia que contrasta con el lodo de Mar-a-Lago. Sin embargo, el estruendo en el Capitolio es inevitable: congresistas demócratas y republicanos se han unido en una crítica feroz, mientras el autor del insulto se niega a pedir disculpas. Trump no se retracta porque para él, el odio no es un error, es un combustible.

Pero no nos engañemos. Esto no es nuevo. Tampoco este acto es un incidente aislado. Lo que el presidente de los Estados Unidos ha hecho es recurrir al lenguaje de la Supremacía Blanca, una gramática que Trump domina con la precisión de un verdugo.

Es la misma retórica que intentó despojar de humanidad a Martin Luther King Jr. llamándolo agitador, o la que criminalizó a Malcolm X por exigir dignidad. Cuando se deshumaniza a un líder, se envía un mensaje claro a toda su comunidad: «Ustedes no pertenecen aquí». Asociar a las personas negras con simios y a los latinos con la vagancia o la criminalidad no es «humor políticamente incorrecto». Es la misma táctica que se usaba en la era de las leyes Jim Crow para justificar el linchamiento y la segregación.

Por eso la memoria no puede ser corta. Este es el mismo hombre que alimentó el movimiento «birther» para cuestionar la legitimidad del primer presidente negro; el mismo que llamó «países de mierda» a naciones africanas y que recientemente atacó Bad Bunny, tildando de «ridícula» su participación en el Super Bowl y afirmando que su presencia «solo siembra odio».

¿Por qué atacar a un artista puertorriqueño en la cima de su carrera? Porque para la ideología que Trump representa, un hombre latino que no pide permiso para brillar es una amenaza a la hegemonía cultural.

Al despreciar a los Obama y a Bad Bunny, Trump no solo ataca a individuos; ataca el progreso de las minorías que se niegan a vivir en la sombra. También demuestra el miedo que tienen los supremacistas blancos que ven minorías triunfando como una afrenta al «orden natural» de los blancos en el poder.

¿Distracción cobarde o activación táctica?
Resulta imposible no ver el calendario. Mientras el mundo se estremece con la filtración masiva de los archivos de Jeffrey Epstein en este febrero de 2026 —documentos que revelan una red de depravación que el entorno de Trump ha intentado minimizar—, surge este «escándalo» racial.

La respuesta de la Casa Blanca fue una danza de cobardía y debilidad institucional. Primero, una portavoz intentó minimizarlo como «humor de internet», para luego culpar a un «empleado» y borrar el post sin una disculpa real. Horas después, ante la ola de indignación nacional, en la Casa Blanca intentaron distanciarse con excusas tibias que no llegan a la condena necesaria, pero el daño está hecho. Incluso senadores republicanos como Tim Scott han tenido que admitir que es «lo más racista que han visto», aunque muchos otros sigan guardando un silencio cómplice que la historia juzgará.

¿Es una cortina de humo? Posiblemente. Trump sabe que el racismo es un incendio que consume el oxígeno del debate público. ¿Es una estrategia electoral? Sin duda. A las puertas de las elecciones de medio término, necesita activar a esa base radicalizada que se siente reconfortada por el lenguaje del prejuicio.

En ese sentido, la actitud en la Casa Blanca quiere primero desviar la atención del escándalo de los Archivos de Epstein, pero por otro lado, encender el fuego de los supremacistas blancos de cara a las elecciones de medio término, recordándoles que él es el último baluarte de sus prejuicios.

El silencio en Puerto Rico
Aquí en Puerto Rico, en este Caribe negro y mulato, hay un silencio alarmante e inamovible. A nivel político, el vacío es casi absoluto, con una excepción valiente: la representante del Partido Independentista Puertorriqueño, Nelie Lebrón, quien ha sido la única voz en levantar el asunto, exigiendo una respuesta clara de la Gobernadora.

Sin embargo, en los pasillos de La Fortaleza, lo que impera es un silencio sepulcral. La administración actual de Jennifer González y la mayoría del Partido Nuevo Progresista, cegados por su lealtad a la figura de Trump, prefieren callar ante la humillación de los nuestros antes que arriesgar su favor político.

El liderato del Partido Popular Democrático mantiene su usual silencio cómplice. El Proyecto Dignidad, que se activa cuando se trata de noticias sobre derechos reproductivos o el matrimonio LGBTTQ+, guarda complicidad por omisión. Callar ante el racismo por conveniencia es, en sí mismo, un acto de traición a nuestro pueblo.

El racismo de Trump no es «rebeldía contra la corrección política»; es la versión moderna de la soga y el linchamiento moral. Por eso este es un momento histórico que debe levantar algo más que críticas: debe levantar indignación. Si permitimos que el líder de un movimiento político deshumanice a un expresidente y a su esposa por el color de su piel, estamos aceptando que los derechos civiles ganados con sangre son reversibles.

Si no condenamos con fuerza este retroceso, no solo le fallamos a los Obama y a los negros, o a Bad Bunny y a los miles de inmigrantes a quienes los agentes de ICE agreden o matan en proceso de deportarlos. Le fallamos a cada persona que, desde los tiempos de King y Malcolm X, ha dado su vida para que un post en redes sociales no sea capaz de borrarnos la humanidad.

Etiquetas: Como política de estadoDe Donald Trump?El odio
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