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Portada Revista Espectáculos

Buena Vista Social Club: un pájaro de dos alas

En Bellas Artes, la música cubana sonó con corazón boricua y un elenco soberbio, con Choco Orta y Cherry Torres al frente, convirtió la noche en una catarsis colectiva (Reseña de la obra)

Redacción por Redacción
1 de noviembre de 2026
en Espectáculos, Puerto Rico, Revista
Tiempo de lectura: 9 minutos de lectura
Buena Vista Social Club: un pájaro de dos alas
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Por Sandra Rodríguez Cotto

Decir que la puesta en escena en San Juan de Buena Vista Social Club fue buena, llena la cuota. Se cumple con decirlo, pero una se queda corta. Si se habla con honestidad, hay que decir que fue muchísimo más que eso. Puerto Rico es el único lugar donde la música suena de verdad, con los colores y con el peso que corresponde, con el honor y el prestigio que significa representar a un pueblo hermano, a unos artistas hermanos, a una sociedad de la que la política y la historia han pretendido separarnos sin lograrlo. Las dos alas del mismo pájaro, como diría Lola Rodríguez de Tió, jamás se pueden separar. Por eso la puesta en escena de este importante musical en Puerto Rico toma matices diferentes. Únicos. Especiales. Mejor que Nueva York, sin duda.

Aquí no había acentos ni interpretaciones. Aquí había corazón. Había honestidad. Verdad en todo. Latía como si la historia de los cubanos fuera la nuestra, porque en esencia lo es.

En las cinco ocasiones en que los miembros de Buena Vista Social Club pisaron tierra boricua para presentarse en el pasado, los de aquí lo sintieron. Pues el sábado, en el Centro de Bellas Artes de San Juan, se puede decir que los actores boricuas transmitieron tan bien a los personajes cubanos, que se transformaron, como si fueran ellos mismos. Una misma sangre, un mismo sentir. Así de excelente fue la puesta en escena.

La sala estaba abarrotada, y se sentía una alegría que raras veces se ve en un espectáculo de este tipo. La gente desde afuera del teatro ya estaba celebrando. Era como un reencuentro de familiares o amigos. Y una vez empezó la música, hubo magia.

La trama cuenta la historia de unos talentosos músicos cubanos que, con el paso del tiempo, se transforman y reviven, porque nunca, en realidad, se habían ido. Formaban parte del ADN cubano, boricua, antillano. No es una trama de llanto sino de la esperanza, que, a fin de cuentas, es lo que sobrevive.

Pero una historia así solo se sostiene si quienes la cuentan la sienten. Ahí es donde esta puesta en escena se luce: en un elenco que no se limita a representar a los gigantes del son, sino que los habita, y en una orquesta en vivo que no acompaña, sino que respira con ellos.

Vamos al elenco.

Comienzo con el personaje central, que es el hilo que va tejiendo toda la historia. ¿Quién mejor que el primerísimo actor, Modesto Lacén? Interpreta al productor de espectáculo Juan De Marcos (1945), y aunque parezca sencillo, su papel no lo es, porque sin sus intervenciones, la historia se perdería. Es Modesto Lacen quien da vida al eje vertebrador de la obra. Es quien marca el pulso de todo lo que ocurre en el escenario. Sin su personaje como propulsor, la historia no tiene arranque ni continuidad. En ese sentido, creo que fue bien acertado escogerlo como el catalizador del drama y de la acción. Destaco además algo importante, Modesto logró integrar al público al drama desde el principio, y la audiencia seguía palabra a palabra lo que decía. En ese sentido, fue la coherencia necesaria para lograr el éxito en la pieza.

En segundo lugar, menciono a Máximo Francisco Repilado Muñoz, mejor conocido como Compay Segundo (1907-2003), a quien interpretan dos actores: Julio Monge, de adulto, y el genio de Luis Obed, de joven. Compay Segundo es el corazón rítmico y la voz de experiencia de la historia. Es un personaje que sirve de hilo sentimental entre distintas épocas para crear la memoria sonora del Buena Vista Social Club, pero eso se logra solo por el trabajo impecable de los dos actores.

Luis Obed es un genio en escena. Aporta la chispa, el ímpetu y la frescura de la juventud. Mientras que Julio Monge domina la escena con una presencia escénica arrolladora y la sabia picardía de los años de madurez. Aunque la puesta en escena concede mayor tiempo y peso dramático a la etapa encarnada por Monge, ambos actores logran una transición fluida y creíble, rindiendo justicia al carisma incombustible de una leyenda.

Esto me lleva a las dos divas, las actrices principales sobre las que se monta la obra y que ambas interpretan a Omara Portuondo (1930). Cherry Torres en la juventud, y Choco Orta de mayor. Vamos por parte.

El personaje de Omara Portuondo encuentra en escena un desdoblamiento de enorme voltaje sentimental y musical a través de dos generaciones de artistas boricuas. Por un lado, Cherry Torres —heredera de una estirpe dorada como nieta del gran Wisón Torres de Los Hispanos, e hija y sobrina de talentosos cantantes— encarna a la Omara joven con una solvencia técnica y una presencia luminosa que demuestran con creces su despegue en Broadway. Tenerla de vuelta en Puerto Rico fue un acontecimiento cargado de orgullo patrio; una emoción que se tornó palpable al ver a don Wisón y a toda su familia celebrándola en los camerinos, mientras la sangre artística completaba el círculo en la propia orquesta con la presencia de su tío Rafy Torres.

Cherry Torres tiene un camino que se abre a sus pies, y se nota que las bendiciones que está recibiendo, apenas comienzan. Le auguro mucho éxito en su carrera. Ojalá que pueda volver a presentarse en Puerto Rico porque es motivo de orgullo para nosotros verla triunfar en Broadway o en donde ella quiera, porque talento, voz y corazón, tiene de sobra.

Lo que me trae al otro extremo del personaje, es el regreso sobrecogedor de Choco Orta al teatro musical, después de 40 años fuera de las tablas. Confieso que escribir estas líneas me es difícil porque considero a Choco una hermana, parte de mi familia, pero quizás, por eso mismo puedo escribir. Porque conozco bien las tristezas y las desilusiones, y he visto cómo se ha levantado como el ave fénix, a reclamar su espacio de manera gloriosa. Por eso vivo orgullosa de ella. Su tenacidad y consistencia la han convertido en reina, y así se sintió tan pronto pisó el escenario. Todo Bellas Artes se estremecía por los aplausos que no cesaban. Choco conoce a doña Omara Portuondo, quien la bendijo por interpretarla. Y todo eso se vio y se sintió en escena.

Choco impregna a la Omara madura de una hondura interpretativa y una dignidad vocal que conmueven hasta las lágrimas. Lejos de imitar a Omara, imprimió su propia identidad, voz potente, afinación impecable, fraseo sonero y una gestualidad dramática que dominó de inmediato a la sala. Verla como rinde homenaje a Omara, entre el ‘ filin’ y la clave, corona este relevo con pura grandeza escénica.

Tanto Choco como Cherry lograron establecer una conexión mágica con el público, un diálogo natural y espontáneo entre tema y tema, cargado de picardía, respeto por los maestros de la vieja guardia cubana y orgullo por el intercambio musical histórico entre Cuba y Puerto Rico.

Lo que me trae al personaje de Haydee, la hermana de Omara, que interpreta Bri «La pelúa». A veces no se considera lo importante que es un personaje secundario, siendo quien, en gran medida, amarra toda la trama. Eso lo logra Bri y creo que su excelente trabajo merece reconocimiento. Le auguro muchas cosas buenas a esta joven y talentosa actriz.

Esto me lleva a otro personaje importantísimo en la obra, el de Ibrahim Ferrer (1927-2005), ese virtuoso del son y el bolero cubano. Este personaje lo interpretan dos mulatos fabulosos Michael Stuart de viejo, y Jasond Calderón de joven. Vamos por parte.

Stuart asumió el reto de interpretar al Ibrahim veterano, redescubierto en los años noventa mientras lustraba zapatos en La Habana. Esa vulnerabilidad que enfrentó Ferrer en esa etapa de su adultez mayor, Michael Stuart la interpretó de manera magistral. Conozco a Michael y nos une una amistad de hace más de 20 años. Conozco su talento y su voz, por eso puedo distinguir y entender lo que hizo en escena. Fue un cambio técnico. Bajo la explosión de su voz y halló la ternura, el fraseo suave y el tono melancólico característicos del maestro Ibrahim Ferrer. No todos los artistas logran eso, y en ese sentido, fue un gran acierto. Cuando cantó «Dos gardenias» con Choco, Bellas Artes se quería caer en aplausos.

Lo que me trae a Ibrahim de joven, y al papel de Jasond Calderón. Wow. Yo sabía que Calderón es talentoso, que ha hecho stand-ups, que modera programas de televisión y actúa en comedias, pero jamás pensé que tenía una voz como la que tiene. Es un genio. Calderón interpretó al joven Ibrahim durante los pasajes retrospectivos que exploran la época dorada de los clubes habaneros y sus primeros pasos en la música. Su energía y soltura en tarima aportó la vitalidad, el deseo de superación y el brillo de los años de juventud del personaje. Su trabajo reflejó el contraste con el personaje maduro: un Ibrahim lleno de brío, ilusión y búsqueda artística. Jasond demostró su rigor actoral dramático y su afinación para amoldarse a los cortes tradicionales cubanos y al trabajo de baile fue excelente. Le auguro muchas cosas buenas en su carrera.

Debo mencionar también que se veía una coordinación gestual y vocal entre Stuart y Calderón para que las transiciones de época se sintieran fluidas y creíbles para el espectador, manteniendo una línea emotiva coherente a lo largo de toda la historia. Bravos.

Luis Sanz interpreta con dominio el personaje de Eliades Ochoa (1946), ese baluarte campesino y trovador dentro del género del son. Sanz merece distinción especial porque su fuerte es el cuatro, pero aprendió y dominó el tres, instrumento nacional cubano. Esto demostró no solo su talento y tenacidad, sino que tiene una capacidad interpretativa tremenda, al no solo aprender un instrumento, sino hacerlo bailando y cantando. Bravo.

Hay un personaje importante que casi no habla en la obra, pero que resultó ser uno de los que más aplausos provocó, y es el de Rubén González (1919-2003), el virtuoso pianista que definió la elegancia melódica del son, el mambo y el danzón dentro de Buena Vista Social Club. De joven, lo interpreta Carlos García, pero de mayor, sale en escena el maestro, René Monclova y de esto merece decirse algo.

Monclova no tuvo que decir ni una palabra para que tan pronto saliera en escena, Bellas Artes entero se quería caer a gritos y aplausos. El público puertorriqueño ama a René Monclova porque sabe su valía, agradece su vida dedicada al arte y a la verdad. René está en una categoría casi mítica, que equiparo quizás con un Jacobo Morales, que cuando llegan, la gente quiere besarle los pies en reconocimiento. En Buena Vista Social Club René Monclova casi ni habla, pero su presencia en escena amarró muchas cosas y los aplausos así lo constataban. Fue importante verlo en escena, y bailando.

Lo que me trae al cuerpo de bailarines. Solimar Arzola, Nayaret Ennovi y Aura González fueron fabulosas, como lo fueron Heber Mejía, James Thomas y David Villatreal. Todos se movieron como un solo hilo que cosía cada escena con la siguiente, y le dieron a la obra su pulso físico, su sensualidad y su alegría. Felicidades a los coreógrafos por un trabajo tan preciso como contagioso.

La música fue fundamental. Bajo la dirección musical de Juan Carlos Rodríguez, la orquesta fue maravillosa. Carlos García en el piano fue mágico. La orquesta en directo se acopló con precisión milimétrica al registro vocal de Choco y del resto de los solistas, y se destacaron la sección de percusión y los solos de trompeta, que elevaron la energía de la sala. Hay que destacar además a Juan José Hernández en la guitarra: el cubano que lleva toda la vida en Puerto Rico estaba en su salsa. La percusión y los instrumentos de viento, particularmente el trombón de Rafy Torres, son geniales.

Decir cuál fue la mejor canción sería faltarle al musical, porque todo fue excelente, pero tengo que destacar entre mis favoritas «El carretero», «El cumbanchero», «¡Qué bueno baila usted!», «Dos gardenias», «El cuarto de Tula», «La negra Tomasa», «Chan Chan» y «Lágrimas negras».

Algo que hicieron acertadamente fue intercalar en la música cubana varias notas de compositores puertorriqueños como Rafael Hernández, y eso nos unió más como pueblos hermanos.

Vale destacar que la escenografía transporta con elegancia a dos épocas clave: la vibrante vida nocturna de La Habana previa a los años 60 y el modesto estudio de grabación EGREM en 1996, donde ocurrió el histórico reencuentro. El uso de luces cálidas y proyecciones sutiles complementa el vestuario de época sin caer en la caricatura folclórica.

El mayor logro de la obra en Puerto Rico radica en la afinidad cultural compartida. El público caribeño entiende el peso del tambor, la cadencia del son y el trasfondo de una generación de músicos cuya historia es también una lección de perseverancia.

La obra fue excelente, los músicos superiores, los artistas únicos. Buena Vista Social Club es de lo mejor que ha pasado por el teatro local, pero lo más trascendental para mí no ocurrió en el teatro, sino afuera. Ver que el público no se quería ir porque estaba feliz, celebrando la música cubana, fue un deleite. Dentro de las circunstancias que vive nuestra sociedad, fue como una catarsis para el pueblo. Una bendición.

NOTA:

El musical Buena Vista Social Club cerrará su temporada en el Centro de Bellas Artes de San Juan con tres funciones el fin de semana del 7 y 8 de noviembre, informó la producción.

Las presentaciones del sábado 7 serán a las 3:00 p. m. y 8:00 p. m. La función final está pautada para el domingo 8 a las 4:00 p. m.

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