Lo conocí una tarde en Miami, hará unos años, cuando fui a buscarlo al consulado. El propósito era llevarlo a la casa de mi tía Davia, ya envejecida y con dificultades para trasladarse, para que la gestión de firmas de un documento legal no la obligara a ir hasta la sede consular.
Se montó en mi carro con una sonrisa sincera. Reconocimos nuestras almas y quedamos conectados por esos extraños signos invisibles donde las energías se reconocen y se aceptan.
Era vicecónsul en ese momento, recién llegado desde Santo Domingo para ocupar el cargo, y un perfecto desconocido para mí. Fue sumamente amable durante el trayecto, unos cuarenta minutos, y yo, como suelo ser, sumamente sincero…
Le conté sobre la comunidad dominicana y los pocos avances en cuanto a unidad y actividades relacionadas con la promoción cultural o de cualquier otra índole. Pero también le hablé del desinterés de muchos funcionarios hacia ella, aun habiendo ocupado esos cargos personas conocedoras de nuestra realidad y de nuestras necesidades.
Él solo me escuchaba, como embriagado, pero percibía que este desconocido hablaba con una sinceridad «sincera», valga el atrevimiento.
De vez en cuando coincidíamos en alguna actividad, y su cariño siempre fue el mismo. Se acercaba a darme un abrazo, junto a Mónica y Patricia, y se sentía a gusto a nuestro lado, a pesar de no pertenecer a su agrupación política.
El hecho es que hoy he decidido escribir sobre él, ya que recientemente fue nombrado nuestro nuevo cónsul y ha sido quien ha mostrado interés en apoyar la labor cultural que por más de tres décadas he desarrollado en la Florida.
En el último de esos encuentros en que coincidimos, me comunicó su nombramiento y me dijo que me contactaría la semana siguiente, pues deseaba colaborar con el proyecto que conduzco.
Así lo ha cumplido. Y aunque me advirtió que será «mientras él esté ahí», aprovechó la oportunidad para ilustrar que, de todos los cónsules que hemos tenido desde 1996, ha sido el único que, sin que yo se lo pidiera, ha reconocido el valor de la cultura y la importancia de promoverla de manera constante.
No tuvieron que hacerlo amigos, conocidos ni personas cercanas. Tuvo que llegar un desconocido, compartir cuarenta minutos conmigo en un carro y extenderme su mano sincera.
Gilberto, tú mismo no tienes idea del significado simbólico que tienen para mí tus buenas intenciones. Como tampoco muchos imaginan los millones que se han perdido desde esa misma sede y que habrían servido no solo para construir un museo dominicano en el exterior, sino también un club social donde la diáspora pudiera realizar todos sus eventos, y no donde todavía los pocos que se hacen terminan realizándose.
¡Hoteles, salones de renta, parques y hasta iglesias!
Mi hermano Gilberto, de cierta manera he querido devolverte «el detalle» que has tenido. Y aunque, como bien dijiste: «hasta que…», no importa el tiempo, sino lo que has demostrado ser.
Un ser educado, sensible, compasivo y preocupado por colaborar en lo que se pueda para contribuir al desarrollo y bienestar del pueblo al que tú, como máximo representante, estás sirviendo.
Nada dura para siempre, pero mientras dure, sigamos haciendo la labor meritoria y digna que, al final, deja una huella que se impregna y se esparce eternamente en quienes vendrán después de nosotros. ¡Salud!. Máximo Caminero
massmaximo@hotmail.com
(El autor es artista plástico dominicano residente en West Palm Beach, EEUU).









