Por Milton Olivo
Aquella tarde el sol caía lentamente sobre el río Ozama. Desde un pequeño mirador improvisado cerca de Los Tres Brazos, Don Manuel observaba la ciudad. A sus setenta años había visto crecer a Santo Domingo Este desde los días en que muchos de sus barrios eran apenas caminos de tierra y solares vacíos.
A su lado estaba Gabriel, un joven universitario de veintidós años que acababa de llegar del centro de la ciudad.
—Don Manuel —preguntó el muchacho mientras miraba su teléfono—, ¿usted cree que Dios se olvidó de nosotros?
El anciano guardó silencio.
Gabriel continuó:
—Mire las noticias. Guerras en otros países. Feminicidios aquí mismo. Corrupción. Atracos. Jóvenes perdidos en las drogas. Familias destruidas. Cada día parece peor. ¿Dónde está Dios?
Don Manuel levantó la vista hacia el cielo teñido de naranja.
—Esa misma pregunta la han hecho los hombres desde hace miles de años —respondió—. Pero quizás la pregunta está equivocada.
Gabriel frunció el ceño.
—¿Cómo así?
—Tal vez la pregunta no es dónde está Dios. Tal vez la pregunta es dónde estamos nosotros.
El joven guardó el teléfono. Por primera vez en mucho tiempo prestó verdadera atención.
Don Manuel señaló hacia la ciudad.
—¿Ves esas luces?
Poco a poco comenzaban a encenderse miles de ventanas.
—Cuando yo era muchacho no teníamos la mitad de las comodidades que existen hoy. No había internet. No había teléfonos inteligentes. Muchas calles ni siquiera estaban asfaltadas. Sin embargo, había algo que parecía más abundante.
—¿Qué cosa?
—Tiempo para los demás.
Gabriel sonrió.
—Eso suena a nostalgia de viejo.
—Quizás —rió Don Manuel—. Pero piensa un momento. Hoy podemos hablar con alguien en Japón en segundos, pero a veces no conocemos al vecino de la puerta de al lado. Podemos ver el mundo entero desde una pantalla, pero muchas veces no vemos la tristeza de nuestra propia familia. Podemos comprar casi cualquier cosa, pero cada vez cuesta más encontrar paz.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire. A lo lejos se escuchaba el ruido de motores y música proveniente de un colmado.
—¿Usted cree que la violencia tiene que ver con eso? —preguntó Gabriel.
Don Manuel asintió lentamente.
—La violencia tiene muchas causas. La pobreza influye. La falta de educación influye. La impunidad influye. Pero existe algo más profundo. El alma.
Gabriel permaneció en silencio.
—Antes de que alguien robe —continuó el anciano—, ocurre algo dentro de él. Antes de que alguien mate, engañe o abuse, algo se rompe en su interior. Se rompe la capacidad de reconocer que la vida del otro tiene valor. Se rompe el respeto por la dignidad humana. Se rompe la conciencia.
El joven observó a unos niños jugando béisbol en un callejón cercano.
—Entonces, ¿todo se reduce a la religión?
—No exactamente.
Amar a Dios no es solamente ir a una iglesia. No es repetir oraciones. No es publicar versículos en las redes sociales. Amar a Dios es respetar la vida. Es decir la verdad cuando mentir resulta más fácil. Es ayudar a quien lo necesita. Es cumplir la palabra dada. Es actuar correctamente aunque nadie esté mirando.
Gabriel bajó la mirada. Recordó algunas decisiones recientes de las que no se sentía orgulloso. Recordó amigos obsesionados con aparentar éxito. Recordó personas que medían su valor por la ropa que usaban o el vehículo que conducían. Recordó la ansiedad permanente de vivir pendiente de los «me gusta» y la aprobación ajena.
—Tal vez estamos buscando la felicidad en el lugar equivocado —dijo.
Don Manuel sonrió.
—Ahora estás entendiendo.
Caminaron unos metros. La noche comenzaba a cubrir la ciudad. Al pasar frente a una casa humilde, vieron a una mujer compartir la cena con una anciana vecina. Más adelante, un joven ayudaba a empujar el vehículo averiado de un desconocido. Un motoconchista devolvía una cartera que había encontrado.
Pequeños actos. Nadie los grababa. Nadie los publicaba. Nadie recibía aplausos.
—¿Ve eso? —preguntó Don Manuel.
—Sí.
—Ahí también está Dios.
No solamente en los templos. También en cada acto de honestidad. En cada gesto de compasión. En cada persona que decide servir en lugar de aprovecharse de los demás. En cada hombre que respeta a una mujer. En cada ciudadano que rechaza la corrupción. En cada joven que escoge el trabajo antes que el delito.
Llegaron nuevamente al mirador. La ciudad brillaba bajo las estrellas. Por primera vez, Gabriel no sintió desesperanza. Sintió responsabilidad.
—Entonces el futuro de Santo Domingo Este no depende únicamente de los gobiernos.
—No.
—Ni únicamente de las leyes.
—No.
—Ni únicamente de la economía.
—Tampoco.
Don Manuel miró el horizonte.
—Depende de lo que cada uno de nosotros decida hacer con su propia alma.
El joven volvió a contemplar la ciudad. Y comprendió algo que nunca había entendido.Quizás Dios seguía exactamente donde siempre había estado. Quizás quien se había alejado era el ser humano.
Y mientras las luces de Santo Domingo Este iluminaban la noche caribeña, una pregunta quedó flotando sobre la ciudad: Si Dios nunca ha dejado de amarnos… ¿Seguimos nosotros amando a Dios; que es amar la verdad, la justicia, la compasión y al prójimo?
Porque de la respuesta a esa pregunta podría depender no sólo el destino de esta ciudad, sino también el de toda la civilización humana.
*El autor es escritor, autor de 5 libros, y formulador de propuestas de desarrollo nacional. Promueve una visión de futuro basada en empleo, producción, tecnología y sostenibilidad para construir una República Dominicana más próspera, segura y soberana; una Quisqueya potencia.
milton.olivo@gmail.com
(El autor es escritor y analista geopolítico residente en Santo Domingo, República Dominicana).








