Por Claudio Álvarez Dunn
Bad Bunny puso a la verdadera América ante los ojos del mundo anglosajón con un espectáculo cargado de símbolos sobre la resistencia de Puerto Rico, la última colonia latinoamericana, que se hizo visible con toda la fuerza del español en la casa del conquistador.
El espectáculo del medio tiempo del Super Bowl estuvo cargado de salsa y plena, la música de Puerto Rico, ese país que ya existía antes de que EE.UU. fuera fundado. Sin embargo, el 25 de julio de 1898 EE.UU. atacó e invadió a Puerto Rico para convertirlo en su territorio colonial, lo que se mantiene hasta el presente a pesar de la negación de los políticos de turno. En 1902 los conquistadores del norte impusieron el inglés como idioma oficial de Puerto Rico y su enseñanza se hizo obligatoria en las escuelas públicas.
En 1917 se impuso la ciudanía estadounidense a los puertorriqueños para de inmediato reclutar a 236,000 boricuas y enviarlos a pelear en la Primera Guerra Mundial, algo que se repitió en la II Guerra Mundial, en Corea, en Vietnam, en Irak, en Afganistán, etc. donde miles de puertorriqueños más fueron forzados a servir como carne de cañón.
Hasta 1948, EE.UU. humilló a los atletas puertorriqueños obligándoles a desfilar con la bandera estadounidense en competencias deportivas internacionales y a recibir sus medallas observando el izamiento de la bandera de las franjas y estrellas.
Por eso, este espectáculo de Bad Bunny es un tributo a la historia y la resistencia de su pueblo. En 13 minutos y en medio de un cañaveral montado en el Levi’s Stadium de Santa Clara, California, el Conejo Malo congregó a 135.4 millones de espectadores delante de la televisión. Esta actuación superó el récord histórico de televidentes en un descanso de un Super Bowl, por encima de las presentaciones de Kendrick Lamar (2025); Michael Jackson (1993); Usher (2024); Rihanna (2023); Katy Perry (2015); Lady Gaga (2017); Coldplay (2016); Bruno Mars (2014) y Madonna (2012), todo ello en castellano (o en español, como le dicen en Borikén, nombre indígena para la Isla del Encanto).
«Titi me preguntó» fue el volcán que prendió la fiesta hasta el techo de la Casita con el perreo en su máxima expresión. De ahí en adelante todo fue una catarata de sorpresas con «Debí tomar más fotos», Lady Gaga cantando salsa, violines sinfónicos, el cuatro boricua y hasta Ricky Martin advirtiendo emocionado «Lo que le pasó a Hawai». A ello se sumaron los postes de alumbrado público con los boricuas colgando, como una denuncia por los traqueteos políticos y económicos que padece la isla ante la crisis de electricidad y la amañada privatización a favor de una empresa estadounidense después del huracán María (2017).
Antes de la despedida desde La Marqueta de «Nueva Yol», se vieron a Bruno Mars, Maluma y Carol G en la casita de la residencia y Bad Bunny regaló una boda a una pajera en pleno show, honró al carrito de piraguas, al dominó, a pleneros y boxeadores, hasta a las «yales» con el manicure. Invitó a la juventud a soñar al entregar uno de sus Grammy a un niño que de inmediato fue relacionado con Liam, un pequeño de origen ecuatoriano detenido por ICE en Minnesota.
Un desfile con banderas de TODA América fue la despedida frente a esos Estados Unidos que intentan apropiarse del nombre del continente como suyo.
Como era de esperarse, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, dijo que el espectáculo de Bad Bunny fue uno de los peores de la historia y que nadie entendió una palabra de lo que cantó el artista puertorriqueño. Habría que recordarle al señor presidente que el español se habla en Puerto Rico desde 1508 y es parte esencial de la identidad, la cultura, la historia y la dignidad de la nación puertorriqueña, esa que se paseó por el intermedio del Super Bowl, en su cara y en su cancha.
claudio.alvarez.dunn@gmail.com
(El autor es un periodista independiente residente en Colombia)







